Imagina parar a repostar y salir no solo con el depósito lleno y un café mediocre, sino también con un seguro recién contratado.
En mayo de 2024, REPSOL decidió lanzarse al mundo de la mediación de seguros ofreciendo pólizas de auto, moto y hogar a través de su red de gasolineras y su app de fidelización. Una jugada que, más que innovación, parece una patada al esfuerzo regulado y profesional de miles de mediadores.
¿Es esto una evolución lógica del mercado o estamos cayendo en la trampa de banalizar algo tan serio como el asesoramiento asegurador?
Para responder a eso, hay que repasar qué implica, legal y profesionalmente, ser mediador de seguros en España. Spoiler: no es tan fácil como poner un cartel de «Aquí también vendemos seguros».
Lo que exige la ley (y que muchos parecen ignorar)
Para ejercer legalmente como mediador de seguros —ya seas persona física o jurídica— debes cumplir con una serie de requisitos regulados por la Ley 20/2015 y supervisados por la Dirección General de Seguros y Fondos de Pensiones (DGSFP). Lo mínimo exigible incluye:
- Inscripción oficial en el registro administrativo correspondiente.
- Formación acreditada según el nivel de responsabilidad (Nivel 1 para corredores y responsables técnicos, Nivel 2 para agentes asesores, y Nivel 3 para auxiliares).
- Honorabilidad profesional y capacidad financiera, incluyendo seguros de responsabilidad civil y avales.
- Obligaciones legales de información, asesoramiento, protección de datos y atención al cliente.
En resumen: no puedes vender seguros como quien vende chicles. Hay reglas, hay exigencias y, sobre todo, hay responsabilidad frente al consumidor.
¿Entonces cómo cuadra una gasolinera en este esquema?
Muy sencillo: no lo hace, salvo que lo haga bajo el paraguas legal de un mediador autorizado. Y eso es justo lo que han hecho: las estaciones de servicio actúan como colaboradores externos de una correduría. ¿Legal? Sí. ¿Razonable? Discutible.
La figura del colaborador externo permite a empresas ajenas al sector asegurar productos bajo la supervisión de un mediador profesional. El problema es que esa supervisión, en muchos casos, es más formal que efectiva. ¿De verdad creemos que el personal de la gasolinera va a cumplir el protocolo de información precontractual mientras te cobra los Donettes?
La DGSFP: ¿dónde estás cuando más se te necesita?
Aquí entra el papel de la Dirección General de Seguros y Fondos de Pensiones, que debería ser garante del cumplimiento normativo y la protección del consumidor. Y sin embargo, calla, otorga y observa desde la barrera cómo se abren nuevas vías de comercialización que bordean el mínimo exigible de calidad y rigor.
¿Está la DGSFP verificando si estos colaboradores cumplen con la formación exigida? ¿Está comprobando si se realiza un asesoramiento real o si se limita todo a un proceso digital impulsivo? No lo parece. Y eso es grave.
¿Qué se pierde cuando se banaliza la mediación?
-Asesoramiento real: No lo vas a encontrar entre surtidores y bocadillos de máquina.
-Seguimiento postventa: ¿A quién reclamas si tienes un siniestro? ¿Al dependiente de la tienda?
-Protección del consumidor: Lo que parece una opción cómoda puede derivar en seguros mal contratados, coberturas insuficientes o exclusiones que nadie explicó.
¿Y el mediador de toda la vida?
A ti, que estudiaste, te formaste, cumples normativa y te dejas la piel por cada cliente… te toca ahora competir con gasolineras. Y mientras tú estás explicando una cláusula sobre daños por agua, otros están vendiendo pólizas con cupones de descuento para gasolina. Absurdo, sí. Pero real.
Toca espabilar… y exigir
Este fenómeno debería servirnos para reforzar el valor de la mediación profesional, exigir a la DGSFP una supervisión real y rigurosa de estos nuevos canales, y sobre todo, no perder de vista el objetivo: que el cliente esté bien protegido.
Porque si el seguro se convierte en un producto de impulso, quien pagará las consecuencias será siempre el asegurado. Y entonces, será demasiado tarde para explicarle que no todo lo que se vende… es seguro.




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